Alejandro la leyó. Su rostro se volvió piedra.
—Rocafuerte ha salido de Londres —dijo.
Eloísa se quedó helada.
—¿A dónde va?
Alejandro levantó la mirada. En sus ojos ya no había desconcierto, sino una ira limpia y concentrada.
—Viene aquí.
La hacienda se puso en movimiento de inmediato. Se cerraron los portones. Se duplicó la guardia. Se enviaron jinetes al magistrado local y a Rodrigo. Se ordenó a todos los sirvientes no admitir a nadie sin autorización directa del duque.
Al caer la noche, un carruaje subió por la entrada principal.
Raúl de Rocafuerte bajó sonriendo, vestido como quien llega a un baile. Levantó la vista hacia la casa y vio a Eloísa dentro, erguida en el umbral.
—Monteverde —llamó con tono aceitado—. Vengo a felicitarte… y a conocer mejor a tu esposa.
Alejandro descendió los escalones hasta colocarse entre Rocafuerte y la puerta.
—No es bienvenido.
Rocafuerte soltó una risa suave.
—¿Temes una visita amistosa?
Intentó mirar más allá de él.
—Duchesa —dijo—, Londres la echa de menos.
Eloísa no contestó.
Alejandro dio un paso al frente.
—No volverá a hablarle. No volverá a escribirle. No volverá a pronunciar su nombre.
La máscara encantadora del barón se resquebrajó.
—No sabes quién es —escupió—. Ella miente.
Alejandro habló lo bastante alto para que los sirvientes y guardias escucharan.
—Sé lo suficiente. La acosó, la amenazó y trató de destruir su reputación porque no pudo doblegarla. Eso termina hoy.
El patio entero quedó en silencio.