No pidió perdón.
Tal vez entendió que no alcanzaba.
Rodrigo pareció darse cuenta de que estaba perdiendo algo más que una discusión.
—Verónica, espera…
Pero ella ya se había girado.
Bruno fue tras ella sin despedirse.
Rodrigo quedó solo frente a la puerta.
Solo de verdad.
Como había dejado solos a otros.
—Laura… Daniel… —empezó, con una voz quebrada que llegaba años demasiado tarde—. Yo sé que no puedo arreglar…
—No —dijo Daniel—. No puedes.
Rodrigo tragó saliva.
Miró a Catalina.
Tal vez esperaba compasión.
Tal vez un espacio.
Tal vez una última puerta medio abierta.
No encontró nada.
—Vete —dijo Catalina.
Él no se movió.
Entonces Laura dio un paso al frente.
—Y escucha bien. No vuelvas por nosotros. Si alguna vez quieres hacer algo decente en tu vida, desaparece de verdad. Sin cartas. Sin llamadas. Sin escenas. Ya no te debemos ni odio. Eso también se te acabó.
Rodrigo la miró como si quisiera memorizarle la cara.
Tal vez porque entendió que jamás volvería a tener derecho a verla de cerca.
Luego bajó la cabeza.
Se dio la vuelta.
Cruzó el pequeño pasillo exterior.
Y caminó hacia las escaleras sin discutir, sin mirar atrás, sin la carpeta azul en alto, sin la arrogancia con la que había llegado.
Solo con una espalda hundida.