Nunca.
Mi madre entrecerró los ojos.
—No sabes con quién estás tratando.
La anciana soltó una risa débil.
—Claro que sí sabe —murmuró—. Está tratando con su madre.
El silencio volvió a caer.
Pesado.
Insoportable.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
La anciana levantó la cabeza lentamente.
—María Elena.
—¿Y dices que soy tu hija?
—No lo digo —respondió—. Lo he sabido desde que te vi salir por esa puerta hace tres meses.
Tragué saliva.
—¿Cómo?
—Por tus ojos.
Sentí un escalofrío.