—Mucha gente tiene ojos miel.
Ella negó.
—Pero no como los tuyos. Ni esa forma de fruncir la frente cuando piensas. Ni esa cicatriz detrás de la ceja.
Mi mano fue sola hasta la ceja izquierda.
La cicatriz.
Mi madre siempre dijo que me caí de una bicicleta cuando tenía cuatro años.
—¿Qué pasó en esa clínica? —pregunté.
Mi madre levantó la voz.
—Andrea, esto se acabó.
—¡No!
El grito salió de mí con tanta fuerza que hasta yo me sorprendí.
La lluvia seguía cayendo.
Los guardias del hospital miraban desde lejos.
Algunos enfermeros se habían detenido en la entrada.
Pero ya no me importaba nada.