Después de 30 años, él la dejó casi sin nada a los 58…
Parte 3 :
—Guardé esas botellas porque no pude tirarlas. Cuando cerré el restaurante, quise encontrarlas a ustedes. Luego tu abuela enfermó. Después se fue. Y yo no supe a quién entregarle nada. Así que cerré esa puerta… y esperé sin saber que estaba esperando por ti.
Se quedaron juntas dos horas. Hablaron de Estela, de sus visitas mensuales, de cómo se negaba a subir los precios, de cómo preguntaba por clientes a los que nunca había visto pero sentía cercanos porque comían su salsa.
Antes de irse, Lorena tomó una decisión.
Acordó con su abogada un pago mensual vitalicio para doña Delia, aunque no estuviera obligada a hacerlo. A veces la justicia no está en los papeles, pensó, sino en devolver con dignidad lo que alguien cuidó por amor.
Los meses siguientes fueron una tormenta hermosa.
Julián puso a trabajar a su equipo de producción, pero cada lote de salsa debía ser aprobado por Lorena. Ella reabrió el local con otro nombre: La Casa de Estela. Recuperó recetas del cuaderno de su abuela, mandó restaurar el mosaico viejo, pulió las mesas, pintó las paredes de blanco y terracota y colgó, junto a la puerta de la cocina, la fotografía de Estela con los frascos en las manos.
También llamó a Ruth Bautista, la mujer que había trabajado catorce años en su casa y fue la única en advertirle, en voz baja, que algo raro pasaba con las cuentas antes del divorcio. Octavio la despidió por mensaje. Ruth llevaba meses limpiando habitaciones en un hotel por la mitad del salario.
Lorena la sentó frente a una mesa de acero en la cocina vacía.
—Tú intentaste abrirme los ojos cuando nadie más lo hizo —le dijo—. Este lugar tiene sitio para ti. Uno de verdad. Con sueldo, seguro y tu nombre donde se vea.
Ruth se echó a llorar.
La inauguración fue un sábado de lluvia ligera.