—Puede quedarse.
Clara negó con la cabeza.
—Dije una cena. Ya pagué mi deuda. Me iré al amanecer.
Él dio un paso más.
—¿Y si le ofrezco trabajo?
Ella soltó una risa sin alegría.
—He oído eso antes. Primero se entusiasman, luego se acostumbran, después exigen más, y al final te culpan de todo.
—No en este rancho.
—Usted no puede prometer eso.
Esteban la sostuvo con la mirada. En sus ojos grises había cansancio, pero no mentira.
—No. Pero sí puedo prometer que mientras yo mande aquí, nadie la va a tratar como menos de lo que es.
Clara quería desconfiar. Era lo más seguro. Pero había algo en aquel hombre que le impedía hacerlo del todo.