Nadie hablaba. Nadie se movía.
Esteban se sentó a la cabecera. Clara lo miró fijamente.
—No se va a comer solo.
Don Chalo tomó un pedazo de pollo, le dio una mordida y cerró los ojos.
—Santísima Virgen…
Eso bastó. Los dieciséis hombres se lanzaron sobre la comida como si llevaran meses hambrientos. Hubo segundos, terceros platos, risas incrédulas, bromas viejas rescatadas del olvido. Incluso Miguel, siempre serio, discutió con Tomás sobre qué era mejor: el pan o el cobbler. Sólo Esteban tardó más. Observó el pollo como si fuera un recuerdo peligroso. Luego cortó un pedazo, probó, tragó lentamente y tomó otro.
No dijo “está bueno”. No hacía falta.
Aquella noche, por primera vez en tres años, la casa escuchó carcajadas.
Cuando todos se fueron, Clara empezó a lavar los platos. Esteban apareció detrás de ella.