—Déjame cocinar para ti… Te lo debo —susurró ella—. Esa noche cambió para siempre la solitaria granja.

Probó el suero: aún servía. Lo mezcló con sal, pimienta negra y un toque de chile para marinar el pollo. En otra mesa, preparó masa de pan de maíz para hornear en hierro fundido. Puso los huesos a hervir lentamente con cebolla, zanahoria, papa y una hoja de laurel que encontró en un frasco olvidado. Al final, hidrató los duraznos, añadió azúcar, canela y mantequilla, y cubrió todo con una masa suave para hacer un cobbler dorado.

Cuando el primer trozo de pollo tocó la grasa caliente, el aroma se abrió paso por la casa como una promesa. Don Chalo cerró los ojos. Miguel se persignó. Tomás se quedó quieto, tragando saliva.

—Huele a… —empezó el joven.

—A que a alguien todavía le importa —terminó Clara, sin dejar de cocinar.

Al caer la tarde, Esteban volvió a la cocina. Miró el orden nuevo, los estantes acomodados, las ollas humeantes, la mesa limpia. No dijo nada, pero sus ojos cambiaron.

—Los hombres tienen hambre —dijo al fin.

—Entonces deles de comer.

Clara había puesto la mesa larga del comedor con platos lavados, cubiertos pulidos y tazas rescatadas del abandono. No había flores ni manteles elegantes. Sólo limpieza y comida honesta. Los peones entraron desconfiados, como si temieran una broma cruel. Clara llevó primero el pollo frito, dorado y crujiente, luego el pan de maíz con miel, después el caldo espeso de res y, al fondo, el postre de duraznos.