Tomás terminó ayudándola con agua caliente, y al poco rato apareció don Chalo Montes, el peón más viejo del rancho, con el olor permanente de caballo, tabaco y sol en la ropa. A petición de Clara, empezó a enumerarle lo poco que quedaba en la despensa: duraznos secos olvidados en el altillo, papas, zanahorias y cebollas del sótano, algo de harina fresca, un poco de suero de leche en la hielera, huesos de res en el ahumadero.
—La difunta doña Sara hacía pollo frito los domingos —murmuró don Chalo—. Desde que murió, este rancho no volvió a oler a hogar.
Clara levantó la cabeza, con sudor en la frente.
—Entonces hoy volverá a oler así.
No hizo más preguntas. No necesitaba conocer toda la historia para entender el dolor. Lo reconocía demasiado bien.
En menos de media hora, la cocina dejó de parecer una tumba. Miguel Ortega, un peón de manos cuidadosas y pocas palabras, avivó el fogón hasta hacerlo rugir. Tomás acarreó cubetas de agua sin parar. Don Chalo bajó del altillo dos frascos de duraznos secos cubiertos de polvo. Otro hombre trajo verduras. Clara trabajó como si la vida se le fuera en ello, porque en cierto modo así era.