—Déjame cocinar para ti… Te lo debo —susurró ella—. Esa noche cambió para siempre la solitaria granja.

Clara ya había visto cocinas peores, aunque no muchas. Aquel lugar olía a café quemado, manteca rancia y resignación. Había harina endurecida sobre cada superficie, ollas cubiertas de óxido y un fogón que parecía no haber sido limpiado desde los tiempos de la Revolución. Sin perder tiempo, dejó su vieja maleta de viaje en un rincón, se remangó y se puso a trabajar.

—Señora, yo no tocaría ese fregadero —dijo un muchacho flaco desde la entrada.

Clara siguió restregando.

—¿Cómo te llamas?

—Tomás Burciaga, pero todos me dicen Tomás.

—Pues, Tomás, o me ayudas o te apartas.

El muchacho soltó una risa nerviosa.

—El patrón dijo que tiene tres horas. Los hombres ya se están riendo.

—Que se rían. He sobrevivido a cosas peores.