Las manos de Clara Montemayor temblaban mientras arrancaba, a fuerza de agua hirviendo y trapos viejos, tres años de grasa pegada del mostrador de la cocina del Rancho Barranca Roja. Sabía que Esteban Carranza podía echarla en cualquier momento. Aun así, no se detuvo. Había seguido el rastro de aquel ranchero viudo durante cinco días por los caminos polvorientos del norte, desde las afueras de Piedras Negras hasta aquellas tierras secas de Coahuila, sólo para decirle cuatro palabras:
—Déjeme cocinar esta noche.
Esteban seguía en la puerta, con los brazos cruzados y la mandíbula dura como piedra.
—No necesito caridad de una mujer a la que saqué de una zanja.
Clara no bajó la mirada.
—No es caridad. Usted me salvó la vida. Y yo pago mis deudas.
Detrás de él, dieciséis peones observaban la escena con una mezcla de burla y curiosidad. Algunos incluso apostaban cuánto tiempo tardaría ella en salir corriendo. En Barranca Roja no duraba nadie. Ni cocineras, ni encargados, ni esperanza.