Les di una hora para marcharse.
El cerrajero esperaba abajo.
Fernando alternó entre orgullo y súplica.
Me llamó rencorosa.
Me recordó vacaciones, cenas, aniversarios, el día de nuestra boda en San Miguel de Allende.
Como si una colección de recuerdos pudiera borrar una doble vida de tres años.
Luego cambió de estrategia y trató de intimidarme:
—Si me hundes, te hundo contigo.
Mariana deslizó otra carpeta por la mesa:
—Aquí tiene el borrador de la demanda penal y el informe pericial.
—Siéntase libre de elegir.
Se fue de casa con la cara blanca y las manos vacías.
Camila lo siguió.
Pero dos días después me llamó.
Quedamos en una cafetería de Polanco.
Llegó sin maquillaje.