Pero todavía no lo había hecho.
Fernando quiso convertir aquello en un drama sentimental.
—No voy a abandonar a mi hijo —soltó—.
—¿Qué esperas que haga?
—¿Que lo niegue?
—No —respondí—.
—Espero que te hagas cargo de él con tu sueldo.
—No con el mío.
Camila se quedó quieta.
Como si esa frase le hubiera abierto una puerta incómoda.
Me pidió un vaso de agua.
Se lo di.
Mientras bebía, observó el salón.
Los cuadros de mi madre.
La escalera.
Los muebles antiguos que Fernando siempre había presentado como “nuestra vida”.
Por primera vez, entendió algo:
Casi nada de lo que él contaba era verdad.