Secos.
Violentos.
Impacientes.
No eran los golpes de alguien confundido.
Eran los de alguien que todavía creía tener derecho a entrar.
Daniel, que seguía conmigo en la sala, dejó la copia de la escritura sobre la mesa y me miró por encima de sus gafas.
—No abras sola —dijo.
Yo no respondí.
Los siguientes golpes llegaron acompañados de la voz de Brian, ronca de rabia.
—¡Abre la maldita puerta!
Detrás de él se oyó a Melissa gritar mi nombre con ese tono agudo que usaba cuando quería parecer víctima.
Me acerqué despacio.
No por miedo.
Sino porque quería sentir con claridad ese momento.
Abrí solo el seguro superior y dejé la cadena puesta.
La puerta se entreabrió apenas unos centímetros.
Brian estaba rojo.
Tenía el cabello revuelto, la corbata floja y una vena saltándole en el cuello.
Melissa, a su lado, tenía los ojos abiertos de furia, pero también de algo más peligroso.
Pánico.