Crié a la hija de mi difunta novia como si fuera mía – Diez años después, ella dice que tiene que volver con su verdadero padre por una razón desgarradora.

Tomás caminó hasta la entrada con una calma que sólo dan el miedo y la determinación mezclados. Cuando abrió, ahí estaba Gael Alcocer con una chamarra de piel cara, reloj brillante, perfume invasivo y esa cara de hombre que cree que el mundo existe para acomodarle el paso. Detrás, una camioneta negra y 1 chofer mirando el celular.

Gael ni siquiera saludó.

—Vengo por mi hija.

Tomás no se movió.

—No vas a entrar.

Gael soltó una sonrisa torcida.

—Mira nada más, el zapatero se siente papá.

Sofi soltó un gemidito detrás de Tomás. Gael la vio por encima de su hombro y enseguida suavizó el gesto con una falsedad vomitiva.

—Princesa, vámonos. Nos están esperando. Va a haber prensa, fotos, entrevistas. Esta noche cambia tu vida.

Tomás lo miró con desprecio.

—Lo que va a cambiar es la tuya si das 1 paso más.

Gael se acercó hasta quedar casi nariz con nariz.

—No me hagas perder el tiempo. Agradece que te estoy dejando existir en la historia. Si te atraviesas, el lunes no abres ni la cortina de tu local. Te reviento con pura burocracia.

La amenaza era real. Se notaba en la tranquilidad con que la decía. Pero Tomás ya estaba parado del otro lado del miedo.

—Sofi, tráeme mi celular y la carpeta negra del escritorio —dijo sin dejar de mirar a Gael.

Ella parpadeó, confundida.

—¿Qué?

—Hazme caso.

Sofi corrió al taller. Gael soltó una risa de burla.

—¿Vas a llamar a la policía? Por favor. ¿Tú crees que te van a creer a ti antes que a mí?

Tomás sonrió apenas.

—No. A la policía no.

Sofi regresó con el teléfono y la carpeta. Tenía las manos heladas. Tomás abrió la carpeta despacio y le mostró a Gael las hojas impresas. Capturas de cada amenaza. De cada orden. De cada intento de convertir a una niña en herramienta de publicidad.

El futbolista perdió el color.

Tomás lo vio y supo que había dado en el centro.

—Ya mandé copias al club, a patrocinadores, a periodistas y a un abogado —dijo con una serenidad que hasta a él mismo le sorprendió—. También están programadas para enviarse a más personas si a mi taller le pasa algo.