Crié a la hija de mi difunta novia como si fuera mía – Diez años después, ella dice que tiene que volver con su verdadero padre por una razón desgarradora.

—También me prometió cosas —confesó—. Dijo que me puede pagar la universidad que yo quiera, que me consigue carro cuando cumpla 18, que me mete a campañas, que me puede dar contactos, viajes, ropa, todo. Me dijo que conmigo la gente lo va a amar y que a mí me conviene estar de su lado. Yo… yo me confundí, papá. Tantito. Pensé en mamá. Pensé que a lo mejor debía conocerlo. Luego me dio miedo. Ya le dije que sí iba a ir. Creí que así te protegía.

Tomás sintió que el corazón se le partía, pero no contra ella. Contra el mundo. ¿Cómo culpar a una adolescente de sentir curiosidad por el hombre que le dio la sangre? ¿Cómo reprocharle que dudara cuando le pusieron enfrente dinero, oportunidades y amenazas al mismo tiempo? Le tomó ambas manos con firmeza.

—Escúchame bien, Sofi. El taller es ladrillo, lámina y cuero. Tú eres mi vida entera. Si me lo quitan, empiezo otra vez. Pero a ti no te entrego.

Ella rompió a llorar más fuerte.

—Perdóname.

—Tú no me debes perdón por tener miedo. El que debería arrastrarse es él.

La abrazó. La sintió temblar, delgadita, caliente de angustia, igual que cuando de niña despertaba con pesadillas y corría a meterse a su cama. Y en ese abrazo entendió algo que le encendió la cabeza: si Gael quería usar el espectáculo, entonces lo único que podía frenarlo era arruinarle justo el espectáculo.

Le pidió el celular. Sofi dudó, pero se lo dio. Ahí estaban todos los mensajes. Al principio, cariños fingidos. Después, frases calculadas. Luego, ofertas. Y al final, el veneno.

“Te conviene estar conmigo”.

“Tu papá adoptivo tiene un negocito muy fácil de cerrar”.

“No me obligues a ponerme pesado”.

“Hoy sonríes y me sigues la corriente”.

“Eres justo lo que necesito para que la gente vea quién soy de verdad”.

Había audios también. En 1 de ellos, Gael se reía con una seguridad repugnante mientras decía que a Tomás “lo barría del mapa” si se le atravesaba.

Tomás sintió que la sangre le golpeaba en las sienes. Pero no era un hombre impulsivo. Llevaba años sobreviviendo a punta de aguantar, observar y meter puntada firme donde se necesitaba. Se fue al cuartito donde tenía su mesa de trabajo y empezó a moverse con prisa. Hizo capturas, respaldos, imprimió lo que pudo en la papelería de la esquina, armó una carpeta negra y, usando un viejo listado de contactos que guardaba de clientes, mandó copias a quien creyó que podía ayudar. A una reportera deportiva que alguna vez le llevó a arreglar unas botas carísimas. A 1 abogado laboralista esposo de una vecina. Al correo de integridad del club. A 2 patrocinadores grandes cuyas ejecutivas conocían su taller porque él les arreglaba bolsos. A una amiga de Rebeca que ahora trabajaba en un portal de noticias de Guanajuato. Hasta a la mamá de la mejor amiga de Sofi, presidenta del comité de padres en la prepa, porque sabía que cuando las mujeres se indignan de verdad, el escándalo corre más rápido que cualquier comunicado.

No le dijo a Sofi todos los detalles. Sólo le pidió que confiara.

A las 8:12 de la noche sonó el portón con 3 golpes secos.

Sofi se quedó blanca.

—Ya llegó.