Ídolo local, delantero estrella del Club León, imagen de deportivas, refrescos y anuncios de telefonía. Un tipo que sonreía perfecto en las portadas y dejaba un rastro de arrogancia, mujeres usadas y favores sucios en cuanto se apagaban las cámaras. Tomás sabía quién era porque en la ciudad era imposible no saberlo. También sabía la clase de fama que lo seguía por debajo del brillo: pleitos en antros, choques tapados, empleados corridos por hablar de más, chismes sobre muchachas jóvenes mareadas con promesas. Lo detestaba sin haberle dado jamás la mano.
—Ese hombre nunca te buscó —dijo Tomás, apretando la mandíbula—. Nunca preguntó si comías, si estabas enferma, si seguías viva. Ni cuando tu mamá se murió.
Sofi bajó la mirada.
—Ya sé.
—Entonces, ¿qué quiere ahora?
Las palabras le salieron a ella a trompicones, como si le diera vergüenza y miedo al mismo tiempo.
—Tiene una cena hoy con patrocinadores, periodistas y gente del club. Dice que necesita presentarse como hombre de familia porque quiere renovar contrato y limpiar su imagen. Quiere llegar conmigo y decir que siempre estuvo al pendiente, que me cuidó en silencio, que por fin me recuperó.
Tomás sintió náusea.
—Te quiere usar.
Sofi empezó a llorar.
—No es todo. También dijo… dijo que si no voy, con 1 llamada te puede cerrar el taller. Que conoce gente en reglamentos, en protección civil, en hacienda. Que te van a caer inspecciones, multas, permisos, todo. Dijo que para el lunes ya podrías amanecer clausurado.
El aire de la cocina se volvió más pesado que el humo. El taller de Tomás era la herencia de su padre. Ahí había sacado para medicinas, colegiaturas, luz, zapatos, cuadernos, recibos. Era poco, sí, pero era de ellos. Y él sabía perfectamente que en este país a un hombre humilde le pueden encontrar faltas hasta en la forma de respirar si alguien con apellido, dinero y contactos decide aplastarlo.
Tomás se acercó despacio y le levantó la cara.
—¿Y qué te pidió exactamente?
Sofi apretó los labios.
—Que me vista bien, que sonría, que lo abrace cuando lleguemos y que diga que estoy feliz de reunirme con él. Quiere que todos piensen que me crió solo, que fue un papá sacrificado, que ahora me va a cambiar la vida. Dijo que yo soy perfecta para su nueva imagen.
Tomás cerró los ojos 1 segundo. Sentía una furia tan limpia que le dolían hasta los huesos.
—No eres una imagen. No eres un accesorio. Eres mi hija.
Pero la muchacha siguió hablando entre sollozos, y ahí entendió él que la amenaza no era lo único que la tenía así.