La adoptó legalmente, peleó papeles, esperó meses, aguantó miradas metiches de empleados públicos que parecían preguntar por qué un hombre sin tanta posición quería echarse encima a una niña que no era suya. La sacó adelante solo. Se volvió padre y madre. Aprendió a coser uniformes, a revisar tareas, a pelear becas, a cocinar aunque al principio todo le quedara simple. Nunca intentó borrar a Rebeca de la casa. Su foto siguió en la sala, sobre una repisita con una veladora y una virgencita. Pero el que se partió la espalda 10 años fue él.
Por eso, cuando Sofi apareció esa noche con el celular apretado entre las manos y los ojos hinchados, Tomás sintió un presentimiento negro antes de escuchar siquiera el nombre del hombre que iba a meter la podredumbre a su hogar.
—¿Qué estás diciendo, hija? —preguntó él, dejando la cuchara sobre la estufa.
Sofi tragó saliva. Tenía 15 años y en ese instante parecía más niña que nunca.
—No voy a cenar aquí hoy.
—¿Cómo que no?
Ella levantó la vista apenas un segundo y se le quebró la voz.
—Mi verdadero papá me encontró hace 2 semanas por Instagram. Dijo que hoy tengo que ir con él.
Tomás sintió que le vaciaban un balde de agua helada por dentro.
—¿Tu verdadero qué?
Sofi se retorció los dedos, desesperada.
—Tú lo conoces. Todo mundo lo conoce.
Y entonces dijo el nombre.
Gael Alcocer.