Pero Elena no aceptaba la derrota. Si no podía acusar a Daniela de ladrona, la atacaría por su punto más débil: su familia. Utilizando sus influencias y contactos oscuros, Elena averiguó sobre la aplastante deuda médica del padre de Daniela en su pueblo natal. Compró esa deuda a través de terceros y envió a cobradores implacables directamente a la puerta de la mansión, exigiendo un pago inmediato y desorbitado bajo amenaza de cárcel para el anciano. Fue una jugada maestra de humillación. Daniela, arrinconada, recibió la noticia de que su padre necesitaba una cirugía de urgencia.
Octavio intentó firmar un cheque sin pensarlo, dispuesto a pagar lo que fuera. Pero Daniela lo detuvo. Sabía que si aceptaba el dinero, confirmaría las insinuaciones maliciosas de Elena y la sociedad: sería etiquetada para siempre como una cazafortunas, una oportunista. Más importante aún, se dio cuenta del daño colateral. Los rumores en los círculos sociales ya empezaban a afectar a Octavio, aislando a la familia. Daniela miró a Sofía, que por fin volvía a sonreír, y tomó la decisión más desgarradora de su vida. No dejaría que esa niña ni el hombre que amaba se convirtieran en el blanco del desprecio social por su culpa. El amor verdadero, a veces, requiere el sacrificio más absoluto.
La madrugada siguiente, Daniela empacó su vieja maleta en silencio. Dejó una carta sobre el escritorio de mármol del despacho de Octavio. “Gracias por enseñarme que el amor también puede existir en los palacios de hielo”, decía la nota, escrita con pulso tembloroso. “Pero tu hija necesita paz social y yo necesito salvar a mi padre sin perder mi dignidad. Te amo, y porque te amo, me voy”.