Hacía tres años que la tragedia había partido su vida en dos. Un accidente automovilístico, repentino y brutal, se había llevado a su esposa Mariana. Desde aquel día maldito, algo se quebró irremediablemente en la casa, pero la herida más profunda, la que sangraba a diario sin derramar una gota, no era la viudez de Octavio. Era el silencio de Sofía.
Su pequeña hija, que apenas tenía tres años cuando ocurrió el accidente, dejó de pronunciar palabra alguna. El trauma le arrebató la voz. Sofía no lloraba, no hacía berrinches, no reía. Simplemente, deambulaba por los inmensos pasillos como un fantasma diminuto, abrazada a un muñeco de felpa, mirando a través de las ventanas con unos ojos enormes y vacíos, como si su alma hubiera decidido marcharse junto con su madre. Octavio gastó fortunas inimaginables. Contrató a los mejores pediatras de América Latina, a psicólogos infantiles de renombre internacional, a terapeutas especializados en duelo profundo. Trajo a su hogar niñeras con maestrías europeas que intentaron desde la disciplina estricta hasta la estimulación sensorial avanzada. Nada. Absolutamente nada funcionó. Sofía seguía atrapada en una prisión de cristal donde el sonido no existía.