—Quiero quedarme con el señor Santiago —dijo ella—. Porque me cuida. Porque cuando tengo miedo no se va. Porque cumple lo que promete. Y porque… nunca había tenido un para siempre.
La jueza sonrió con los ojos húmedos.
—Entonces queda aprobada la adopción. Desde hoy, tu nombre legal será Elena Rosa Montaño.
Elena volteó hacia Santiago con la respiración temblando.
—¿De verdad… ahora tengo papá?
Santiago se arrodilló frente a ella, como la noche en la lluvia, como la noche de las pesadillas, como siempre que quería hablarle de corazón a corazón.
—Sí, hija. Para siempre.
Entonces Elena lloró, pero no de miedo. Lloró de alivio. De alegría. De incredulidad. Se lanzó a sus brazos y Santiago la sostuvo con una ternura feroz, como si abrazara al mismo tiempo a la niña que había salvado… y a la que no pudo salvar veinte años antes.