—¿Conoces a alguien que quiera tener un hijo? —preguntó una niña al jefe de la mafia más temido.

Esa noche regresaron a Obsidiana. El restaurante estaba decorado con globos, listones y un letrero enorme: BIENVENIDA A CASA, ELENA MONTAÑO. Tío Toño salió con un pastel en forma de conejo. Sara lloraba sin disimular. Marcos fingía estar muy ocupado para que nadie le viera los ojos rojos.

Elena miró todo aquello: las luces, las sonrisas, las manos abiertas, la gente que por fin la veía sin lástima y sin interés, sino con amor.

Y entendió algo inmenso.

A veces una familia no llega por sangre. A veces llega después de la tormenta, cuando ya no esperas nada, cuando vienes rota, hambrienta, asustada… y aun así alguien te mira y decide que no volverás a caer.

Apretó la mano de Santiago y alzó la cara hacia él con una sonrisa pequeña, nueva y luminosa.

—Gracias… papá.

Y por primera vez en su vida, Elena no tuvo que preguntarle a nadie si alguien quería una niña.

Porque ya lo sabía.