Santiago iba a entrar sin mirar a nadie, pero entonces vio a la niña.
Ella le sostuvo la mirada sin parpadear, apretando fuerte el conejo contra el pecho.
Y algo dentro de él se detuvo.
Se acercó despacio. Luego, para sorpresa del guardia, de su chofer y de todos los que lo conocían, se arrodilló sobre la banqueta mojada hasta quedar a la altura de la niña.
—¿Cómo te llamas, pequeña?
La niña lo estudió durante varios segundos. Era evidente que sabía leer a los adultos para sobrevivir.
—Elena —susurró—. Pero casi nadie quiere saber mi nombre.
Por un instante, algo viejo y doloroso cruzó los ojos de Santiago. Una sombra. Un recuerdo. Otra niña de seis años, perdida hacía dos décadas, a la que no había logrado salvar.
—Yo sí quiero saberlo —respondió con la voz áspera.
Se quitó el abrigo y se lo puso con cuidado sobre los hombros. Elena se estremeció por reflejo, como una criatura acostumbrada a que toda mano levantada significara un golpe. Santiago se quedó quieto, sin apresurarla.
Después se incorporó y miró a su hombre de confianza.
—Marcos, métanla. Llama a la doctora. Ahora.
Dentro de Obsidiana, el silencio fue inmediato. Los meseros se detuvieron. Los clientes voltearon. Las copas dejaron de sonar. Nadie entendía qué hacía aquella niña famélica, envuelta en un abrigo carísimo, caminando de puntitas sobre el mármol para no ensuciarlo.
—Voy a dejar el piso sucio —murmuró ella al cruzar la puerta.
Marcos sintió un nudo en el pecho.
—El piso se puede limpiar —le dijo con suavidad—. Tú entra.