—¿Conoces a alguien que quiera tener un hijo? —preguntó una niña al jefe de la mafia más temido.

Estaba acurrucada junto al muro, a unos pasos de la entrada. No tendría más de seis años. Llevaba un vestido delgado con un hombro roto, sin suéter, sin zapatos, con los pies morados por el frío. Tenía el cabello rubio oscuro, mal cortado, apelmazado por la lluvia. En la mejilla izquierda, cerca del ojo, resaltaba un moretón reciente. Entre sus manos temblorosas abrazaba un conejo de peluche viejo, con una oreja rasgada y el relleno amarillento asomando por una costura.

Pero lo más duro eran sus ojos.

No miraban con miedo. Miraban con resignación. Como si ya supiera, desde hacía mucho, que el mundo casi siempre la iba a rechazar.

El guardia levantó la mano para espantarla, pero la niña no pidió dinero. No pidió comida. No lloró. Solo preguntó, en un hilo de voz:

—Señor… ¿conoce a alguien que quiera una niña?

El hombre se quedó inmóvil.

Ella bajó la cabeza y añadió, atropellándose con sus propias palabras:

—Prometo portarme bien. Sé lavar platos. Sé trapear. No como mucho. Solo… solo necesito un lugar donde no me peguen.

En ese momento, un Maybach negro se detuvo frente al restaurante. De él bajó un hombre alto, de hombros anchos, abrigo oscuro, cabello negro con algunas canas en las sienes y una mirada gris capaz de congelar a cualquiera. Se llamaba Santiago Montaño. Dueño de Obsidiana. Empresario brillante. Temido en círculos donde nadie pronunciaba su nombre en voz alta. En la ciudad lo llamaban el Rey Negro.