Compré una lavadora de segunda mano en una tienda de artículos usados… Y dentro encontré un anillo de diamantes.

—¿Qué tipo de problema? —pregunté, con el corazón acelerándose otra vez.

El oficial tragó saliva.

—Alguien más acaba de denunciar la desaparición de un anillo… con la misma inscripción.

“L + C. Para siempre.”

Y esta vez…

Dicen que no lo donaron.

Y que nunca lo perdieron.

El hombre del traje me miró fijamente.

—Daniel… ¿está absolutamente seguro de que solo había un anillo en esa lavadora?

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Porque en ese instante…

Recordé algo.

Ese leve segundo golpe metálico que escuché antes de detener el ciclo.

Y de repente entendí…

Quizá no encontré todo lo que había dentro.

El silencio se volvió insoportable.

—Daniel… ¿está absolutamente seguro de que solo había un anillo en esa lavadora? —repitió el hombre del traje.

Tragué saliva.

Entonces lo recordé con claridad.

El primer golpe metálico.

Y luego… un segundo.

Más suave.

Más profundo.

Cerré los ojos un instante.

—No —susurré—. Creo que escuché dos.

Sin decir nada más, corrí hacia el interior de la casa. Los oficiales me siguieron, pero esta vez no como amenaza, sino como testigos.

La lavadora estaba en el pequeño cuarto junto a la cocina. Todavía tenía la tapa ligeramente desalineada porque la había movido al instalarla.

Me arrodillé.

Pasé la mano por el interior del tambor otra vez.

Nada.

Respiré hondo.

Entonces recordé algo que no había revisado.

El filtro de desagüe.

Desatornillé la pequeña compuerta inferior. El agua acumulada comenzó a salir lentamente. Metí los dedos con cuidado.

Y ahí estaba.

Algo frío.

Algo sólido.