—¿Cómo…?
En ese momento, otro vehículo se detuvo detrás de las patrullas. No era policial. Era un sedán negro.
La puerta trasera se abrió lentamente.
Y entonces la vi.
La misma mujer de la noche anterior.
Pero no estaba sola.
Un hombre alto, de traje impecable, salió del otro lado del coche. Su presencia era distinta. No era un vecino. No era un oficial. Era alguien acostumbrado a que las cosas se hicieran a su manera.
La mujer avanzó hacia mí con el anillo puesto en su mano temblorosa.
—Él es mi hijo —dijo señalando al hombre del traje.
El hombre me miró fijamente.
—Señor Daniel —dijo con voz firme—. Anoche mi madre me contó lo que hizo por ella.
No entendía nada.
—Yo solo… devolví algo que no era mío.
El hombre asintió lentamente.
—Ese anillo no es solo una joya. Mi padre falleció hace tres años. Ese anillo era lo único que mi madre conservaba todos los días desde que se casaron. Cuando lo perdió… dejó de ser la misma.
Miré a la mujer. Sus ojos estaban húmedos, pero esta vez brillaban diferente.
—Anoche —continuó el hombre—, fue la primera vez en mucho tiempo que la vi sonreír así.
El silencio cayó sobre el jardín.
Entonces entendí algo.
Las patrullas no estaban allí para arrestarme.
Estaban allí… escoltando.
El hombre dio un paso más cerca.
—Trabajo con el departamento local. Y también dirijo varias empresas en la ciudad. Cuando supe lo que hizo, pedí que nos acompañaran esta mañana.
Mi mente intentaba procesarlo todo.