Sus tacones resonaban contra el piso como un metrónomo.
Tac.
Tac.
Tac.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Y esta quién es?
Camila la miró.
Y algo cambió en su rostro.
Primero sorpresa.
Luego incredulidad.
Luego… lágrimas.
—¿Mamá…?
El susurro fue tan bajo que casi nadie lo escuchó.
Pero el juez sí.
La mujer se detuvo frente a la mesa.
—Disculpe la demora, señoría —dijo con una voz tranquila, firme—. El tráfico en Reforma es un crimen peor que muchos de los que se juzgan aquí.
El juez la miró con atención.