A las 10 de la noche, el Secretario subió al podio.
—Damas y caballeros, esta noche anunciamos la decisión más importante para el turismo de nuestro país en esta década. El Proyecto Kukulcán no solo requiere capital, requiere visión, integridad y un compromiso real con México. Es por eso que el contrato de 2000 millones de pesos ha sido otorgado, por decisión unánime, a la firma Garza Arquitectos, dirigida por la brillante Elena Garza.
El salón estalló en aplausos. Elena se puso de pie, asintiendo con gracia.
En la mesa de Mauricio, el color había desaparecido por completo de su rostro. Sabía lo que eso significaba. Sin ese contrato, estaba muerto financieramente. Doña Leticia comenzó a abanicarse violentamente, exigiendo a su hijo que hiciera algo.
Pero el espectáculo apenas comenzaba. Mientras Elena caminaba de regreso a su mesa, 4 hombres con trajes oscuros y placas de la Fiscalía General de la República entraron al salón. No fueron discretos. Caminaron directamente hacia la mesa de Mauricio.
—Señor Mauricio Montes —dijo el agente principal, con una voz que resonó en las mesas cercanas—. Queda usted detenido por los delitos de fraude corporativo, falsificación de documentos y lavado de dinero. Tiene derecho a guardar silencio.
El caos se apoderó de la gala. Los fotógrafos de las revistas de sociales comenzaron a disparar sus flashes. Valeria soltó un grito histérico mientras los agentes esposaban a Mauricio.
—¡Es un error! —gritaba Doña Leticia, golpeando la mesa—. ¡Mi hijo es un hombre intachable! ¡Elena, maldita sea, dile que es un error!
Mauricio forcejeó con los agentes y logró dar un paso hacia Elena, quien observaba la escena desde la distancia, bebiendo lentamente su copa de champán.
—¡Elena, por favor! —rogó Mauricio, con la voz quebrada por el pánico, las lágrimas arruinando su imagen de hombre poderoso—. ¡Me van a quitar todo! ¡El bebé está en camino, por favor, detén esto, sé que fuiste tú!
Elena entregó su copa a un mesero cercano. Caminó despacio hasta quedar a un metro de su aún esposo. El silencio alrededor de ellos era absoluto.
—Me quitaste 5 años de mi vida, Mauricio —dijo Elena, con una voz suave pero afilada como un bisturí—. Hipotecaste mi futuro por 80 millones de pesos. Me cambiaste en mi propia casa y permitiste que tu madre me llamara estéril. Tú construiste tu imperio con mis planos, pero olvidaste una regla básica de la arquitectura.
Elena se inclinó ligeramente hacia él.
—El que diseña los cimientos, sabe exactamente dónde poner los explosivos para derrumbar el edificio.
El rostro de Mauricio se contorsionó en una mueca de desesperación absoluta. Sabía que no había salida. Había subestimado a la mujer que lo hizo grande.
De repente, un grito desgarrador rompió la tensión. Valeria se había doblado por la mitad, aferrándose al mantel de la mesa, tirando cubiertos y centros de flores al suelo. Un charco de líquido amniótico comenzó a extenderse por el piso de mármol bajo sus pies de diseñador.
—¡El bebé! —chilló Doña Leticia, tirándose al piso junto a Valeria—. ¡Ayuda, por favor, mi nieto! ¡Mauricio!
—¡Valeria! —gritó Mauricio, intentando zafarse de los agentes, pero estos lo sujetaron con más fuerza, empujándolo hacia la salida.
—¡No se lo lleven, va a nacer mi hijo! —suplicaba el magnate, llorando como un niño mientras lo arrastraban fuera del salón frente a las miradas juzgadoras de toda la alta sociedad que alguna vez lo idolatró.
Los paramédicos entraron corriendo al salón con una camilla, abriéndose paso entre los vestidos de gala y los trajes de seda. Subieron a una Valeria empapada en sudor y lágrimas, seguida por una Doña Leticia histérica que había perdido todo su estatus y dignidad en cuestión de minutos.
El salón quedó sumido en un murmullo caótico. La dinastía Montes había sido destruida públicamente.
Elena permaneció de pie en el centro del salón, observando cómo las puertas se cerraban detrás de la camilla. No sintió lástima. No sintió culpa. Solo sintió una inmensa y profunda paz. Había extirpado la traición de su vida con la misma precisión con la que diseñaba sus edificios.
Su hermana Rosa se acercó por detrás y le ofreció una copa nueva de champán.
—¿Nos vamos? —preguntó Rosa, con una sonrisa cómplice.
—No —respondió Elena, tomando la copa y dándose la vuelta para enfrentar al salón, donde decenas de inversores ya la miraban con una mezcla de terror y profunda admiración—. La fiesta apenas comienza, y tengo 2000 millones de razones para celebrar.
Elena Garza demostró esa noche que la venganza no es un plato que se sirve frío; es un proyecto arquitectónico que se construye pacientemente, hasta que aplasta a quienes creyeron que podían pisotearte. En un mundo donde muchos hombres creen que pueden robarle la luz a una mujer, Elena se convirtió en el sol que los cegó a todos.