—No me importa el dinero, Mauricio —susurró Valeria, con voz melosa—. Solo quiero que nazca nuestro bebé en paz. Ya no quiero esconderme.
El sonido de un beso resonó en la terraza. Luego, Doña Leticia habló de nuevo, su voz cargada de un cariño que jamás le había mostrado a Elena.
—Y no tendrás que hacerlo, mi niña. Este anillo perteneció a mi abuela. Es para la madre de mi verdadero nieto, no para la arquitecta estéril que mi hijo tuvo que soportar todos estos años para levantar la empresa.
A través de la rendija de la puerta, Elena vio a su esposo acariciar el vientre abultado de su asistente de 24 años, mientras su suegra le colocaba un anillo de diamantes en el dedo. No era solo una infidelidad. Era un complot familiar para dejarla en la ruina absoluta, robarle su talento y reemplazarla frente a sus propios ojos.
Elena no gritó. No rompió nada. Simplemente retrocedió en silencio, salió por la misma puerta por la que entró y se sentó en su auto. Sus manos temblaban mientras encendía el motor, pero sus ojos, fijos en el espejo retrovisor, ya no tenían lágrimas. Una frialdad aterradora había reemplazado su dolor. Apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos, sonriendo con una calma perturbadora, sabiendo que nadie en esa casa podía imaginar lo que estaba a punto de suceder.
PARTE 2
Los siguientes 3 meses fueron un descenso controlado al infierno. Elena se mudó a un departamento modesto en la colonia Narvarte, un lugar de paredes delgadas y ruido de tráfico constante que contrastaba brutalmente con el silencio de su antigua mansión. Siguiendo el consejo de su abogado, no dijo una sola palabra sobre lo que había descubierto en Cuernavaca. Dejó que Mauricio creyera que su separación se debía al “estrés laboral” y a la “distancia emocional”.
La verdadera pesadilla comenzó cuando llegaron las notificaciones bancarias. Mauricio no mentía en la terraza: había utilizado poderes notariales falsificados para hipotecar el estudio de Elena, sus cuentas de ahorro y hasta el fideicomiso que sus difuntos padres le habían dejado. Elena era legalmente responsable de 80 millones de pesos en deudas. La había dejado en la quiebra absoluta para financiar sus proyectos fracasados y su nueva vida con Valeria, quien ya lucía un embarazo de 6 meses.
Las noches eran lo más difícil. En la oscuridad de su pequeña habitación, la imagen de su suegra entregándole el anillo familiar a la amante de su esposo se reproducía en su mente como una película de terror. La alta sociedad capitalina, siempre cruel, le dio la espalda. Los rumores decían que Elena había perdido la razón, que Mauricio la había dejado por otra mujer más joven porque ella estaba demasiado obsesionada con su carrera para formar una familia.
Pero las mujeres de la familia Garza no se quiebran; se afilan.
Su hermana Rosa voló desde Monterrey con 2 maletas, sus ahorros personales y el contacto de un investigador privado especializado en fraudes corporativos. Durante 4 semanas, convirtieron el pequeño departamento en una sala de guerra. Revisaron cada transacción, cada plano y cada correo electrónico. Descubrieron que la empresa de Mauricio era un castillo de naipes. Sin el talento de Elena, sus nuevos proyectos estaban estancados. Mauricio necesitaba desesperadamente ganar la licitación del Proyecto Kukulcán, el ecoturístico en la Riviera Maya, para salvarse de la bancarrota y evitar que sus inversores exigieran auditorías que lo llevarían directo a prisión.
Lo que Mauricio no sabía era que el Proyecto Kukulcán no le pertenecía a él. Los planos maestros, los conceptos de sostenibilidad y las proyecciones estaban registrados únicamente bajo el nombre de Elena Garza.
Con el poco dinero que le quedaba, Elena fundó “Garza Arquitectos” en secreto. Llamó a las puertas de los inversores extranjeros más pesados, hombres y mujeres que sabían que el verdadero cerebro detrás del éxito de Mauricio siempre había sido ella. Les mostró pruebas de las irregularidades de su esposo y les presentó una versión mejorada del proyecto, uno que garantizaba ganancias multimillonarias con un impacto ambiental mínimo.
La venganza de Elena no se ejecutaría en un tribunal aburrido. Se serviría fría, en el evento más importante del año: La Gran Gala de la Construcción en el Casino Español del Centro Histórico, la noche en la que se anunciaría al ganador de la licitación del Proyecto Kukulcán.
La noche del evento, el salón lucía espectacular, lleno de candelabros, políticos de alto perfil y la élite inmobiliaria de México. Mauricio llegó luciendo un esmoquin a la medida, caminando del brazo de Valeria, cuyo vestido de maternidad de diseñador gritaba el dinero que le habían robado a Elena. Detrás de ellos caminaba Doña Leticia, pavoneándose con aires de grandeza, saludando a los invitados y presumiendo a gritos el próximo nacimiento de su nieto.
A las 9 de la noche, las puertas principales se abrieron de par en par. La música pareció atenuarse cuando Elena Garza entró al salón.
Llevaba un vestido rojo carmesí de corte arquitectónico que abrazaba su figura a la perfección, el cabello recogido en un peinado impecable y unos labios pintados de un rojo tan intenso que parecía una advertencia. No había rastro de la mujer humillada y arruinada de hace meses. Caminaba con la seguridad de una emperatriz dueña de la ciudad. El murmullo recorrió el Casino Español.
Mauricio soltó su copa de champán al verla. El cristal se hizo añicos contra el piso de mármol. Valeria se tensó instintivamente, agarrándose el vientre, mientras Doña Leticia fruncía el ceño con desprecio.
Elena no se dirigió a ellos. Caminó directamente hacia la mesa principal, donde el Secretario de Desarrollo Urbano la recibió con un abrazo afectuoso frente a todos. Las miradas de confusión de Mauricio y su familia eran un poema.