A minutos de firmar su boda, una mujer de la calle le agarró la mano y le susurró: “Si te casas, te mueres”; horas después, ya en su nueva casa, vio en el celular de su esposo un mensaje que la dejó helada…

Me quedé viendo la pantalla como si fuera a apagarse sola y borrar lo que acababa de leer.

No lo hizo.

El nombre del contacto era Marcos. Rodrigo nunca le ponía contraseña a su celular; siempre decía que la gente que es honesta no necesita esconder nada. Lo abrí con las manos heladas y entré al chat.

Lo primero que vi fue un mensaje de dos semanas antes:

Marcos: “¿Ya dejó listo el licenciado lo de la cláusula?”
Rodrigo: “Sí. Lo importante es que quede amarrado lo del depa y el terreno.”
Marcos: “¿Y ella sí entiende lo que va a firmar?”
Rodrigo: “No. Confía en mí.”

Seguí bajando.

Mi departamento en la colonia Narvarte, el que mi papá puso a mi nombre años atrás. Un terreno pequeño en Cuernavaca que había heredado de mi tía. Una cuenta de ahorros. Todo estaba mencionado con una frialdad que me revolvió el estómago. No hablaban de mí como esposa. Hablaban de mí como expediente.

Luego apareció el verdadero golpe.

Marcos: “Sin la firma, si pasa algo, se complica cobrar el seguro.”
Rodrigo: “Por eso quería cerrarlo hoy. Ya casi estaba.”
Marcos: “¿Y si se pone difícil?”
Rodrigo: “Se va a confiar. Siempre se confía.”