Nos casamos.
Firmé el acta. Sonreí en las fotos. Recibí abrazos, brindis, felicitaciones. Mi mamá lloró. Mi suegra, Teresa, me miró con esa frialdad elegante que nunca supe descifrar. Todo parecía normal… hasta que, ya en el coche rumbo a la cena, Rodrigo sacó una carpeta beige de la guantera.
—Nada más nos falta pasar con el notario —dijo como si hablara del tráfico—. Es un convenio patrimonial, pura formalidad. Lo firmas hoy y nos olvidamos del tema.
Sentí que la voz de la mujer me retumbaba en la cabeza.
—No voy a firmar nada hoy —le contesté.
Rodrigo no respondió de inmediato. Solo apretó el volante. La mandíbula se le marcó dura, fea, desconocida.
En la noche, ya en el departamento, mientras él se bañaba, su celular se iluminó sobre la mesa de la cocina.
El mensaje decía: “¿Entonces sí firmó?”
Y en ese instante entendí que algo muchísimo peor estaba escondido detrás de mi boda.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2