No era solo la casa. No era solo el dinero. Era la sangre. Ese bebé que Citlali trae en el vientre, ese niño que Anselmo esperaba con tanta ilusión, no era suyo.
Mi hijo no solo era un cobarde y malagradecido. Era un pobre iluso. Estaban jugando con él de la forma más cruel. Le estaban quitando lo suyo para que criara al hijo de otro.
Pero sentí una tormenta de emociones tan fuerte que casi me derrumbo. Me llené de repulsión hacia Citlali, un rechazo oscuro, espeso, pegajoso. Pero también me invadió algo inesperado. Sentí pena por Anselmo. Mi hijo tonto estaba tirando por la borda su pasado y su futuro por una mujer que se burlaba de él en la cama de otro.
—Tenga, Fidela —dijo Domitila—. Ya le mandé el archivo. Úselo. Acábelos.
Miré la pantalla de mi celular viejito. El mensaje entrante parpadeaba en la oscuridad.
—Ahí estaba —dije—. La prueba del pecado. Gracias, Domitila.
Mi voz sonaba extraña, como de otra persona.
—Dios te bendiga por esto.
—¿Va a ir con Anselmo ahorita? —preguntó Domitila—. ¿Se lo va a enseñar para que detenga la demolición?
Apreté el celular con fuerza. Sentí su peso como si trajera una granada sin seguro. Podría ir corriendo a casa. Podría despertar a Anselmo, ponerle la grabación y verlo derrumbarse antes de que llegara la maquinaria. Él cancelaría todo, correría a Citlali.
Pero entonces pensé en la noche anterior. Lo recordé escondido tras la puerta. Recordé todos los meses de humillaciones que permitió.
No.
Moví la cabeza lentamente.
—No, Domitila. No se lo voy a mostrar ahora.
Domitila me miró con cara de asombro.
—¿Por qué no? Esa mujer nos está viendo la cara a todos.
—Porque, si se lo enseño ahora, Anselmo solo va a hacerse la víctima —le dije, sintiendo cómo el corazón se me endurecía—. Él va a llorar, va a hacerse el ofendido y pedirá disculpas, y yo… yo soy su madre y acabaré perdonándolo demasiado pronto. No aprenderá nada.
Volteé hacia donde quedaba mi casa.