—Lo sé —dijo Domitila apretando mis manos con sus manotas ásperas—. Sé lo que planean y sé por qué lo hacen. No es solo por la casa, Fidel. Lo sé. Es por la ambición de esa mujer, de Citlali, y de su querido.
Me quedé helada.
—¿Querido? —repetí la palabra como si fuera en otro idioma.
—Sí. Ese tal Fermín Gallardo, el vendedor de propiedades que siempre ronda su casa con trajes relucientes y sonrisa de plástico.
Sentí un retortijón en el estómago. Fermín era socio de mi hijo Anselmo. Confiaba ciegamente en él. Decía que Fermín era una mente brillante para los negocios.
Domitila sacó su celular del bolsillo del mandil.
—Yo barro las oficinas donde ese tal Fermín tiene su consultorio. A las señoras de la limpieza como yo nadie les presta atención, Fidelia. Nos creen fantasmas, igual que a usted en su propia casa. Pero yo veo y yo escucho.
Domitila desbloqueó su celular con manos temblorosas.
—Hace dos días los vi. Citlali y Fermín se estaban peleando fuerte. Pensaron que estaban solos, pero yo estaba trapeando el pasillo. Saqué mi celular y grabé, porque si lo contaba así nomás nadie me iba a creer.
Domitila apretó el botón de reproducir y me acercó el aparato.
—Escuche esto, por amor de Dios.
El audio tenía un eco leve, pero las voces eran claras.
Fermín hablaba con coraje:
—Ya te dije que te tranquilices, Citlali. En cuanto cerremos la venta del terreno, nos largamos. Anselmo no tiene ni idea.
Luego se escuchó la voz de Citlali, esa misma que horas antes me gritó vieja estúpida.
—Porque ya no aguanto seguir fingiendo con él. Me dan náuseas que me toque y este embarazo me está matando. Ya no me entra la ropa.
—¿Y si Anselmo exige prueba de ADN cuando nazca? —preguntó Fermín.
Citlali se echó una carcajada que me heló la sangre.
—No lo hará. Es un idiota. Cree que es suyo. Está tan feliz de ser papá que hasta firmaría su sentencia de muerte si yo se lo pidiera. Ese chamaco es tu seguro de vida, Fermín, así que asegúrate de que esa vieja y su hijo se queden en la calle mañana.
La grabación terminó. Domitila guardó su celular. Yo me quedé recargada en el tronco del árbol, sintiendo que todo me daba vueltas.