A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

Caminaba de regreso con el corazón en la garganta. El reloj de la iglesia marcaba las cinco y media. Las calles de Coyoacán seguían vacías, cubiertas por esa bruma ligera que baja justo antes del amanecer. Mis pasos sonaban en el empedrado. Temía que el tiempo se me escapara de las manos.

Efraín fue claro: había que ganar tiempo. Pero ¿cómo se detiene una retroexcavadora a una sola persona?

Al dar vuelta en la esquina, una mano me agarró del brazo. Casi grité. Me giré al instante, lista para defenderme.

—Chist, no grite, doña Fidelia. Soy yo.

Domitila. Era Domitila Mireles, mi vecina de toda la vida. Dos Mitila es chaparrita y fuerte, de esas que barren la banqueta antes de que amanezca y que se saben todos los chismes del barrio. Ella limpia oficinas en el edificio viejo donde antes estaba la notaría.

—Mitila, me diste un susto —le dije con la mano en el pecho—. ¿Qué haces despierta a esta hora?

Domitila miró para los lados, como si las paredes pudieran oír. Me jaló despacito hacia la sombra de un jacarandá grandote que está en la esquina. Su cara se veía pálida bajo la luz amarilla del farol.

—La estaba esperando, Fidel. La vi salir para la casa del licenciado Efraín y supe que algo andaba mal. Tengo que decirle algo, algo que me quema por dentro. Si no lo suelto…

—¿De qué hablas, Domitila? —pregunté, ya sin paciencia—. No tengo tiempo. Esa gente quiere echar mi casa abajo en un rato.