A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

Efraín me miró directo.

—Legalmente, la casa vuelve a ser tuya en cuanto presente este recurso ante el juez. Anselmo no puede ni mover un ladrillo.

Sentí un alivio tan grande que las piernas se me doblaron. Me dejé caer en la silla de cuero frente a su escritorio.

—Entonces hazlo, Efraín —le pedí—. Detenlos.

Efraín se sentó frente a su máquina de escribir. Sí, él todavía usa una máquina de escribir para los borradores, aunque luego lo pasa a la compu. Sí, pero de pronto su cara se puso seria. Volteó a ver el reloj de pared.

—Tenemos bronca, Fidel —dijo con tono grave.

—¿Qué bronca? —pregunté sintiendo cómo el miedo volvía a apretarme el estómago.

—Son las cinco de la mañana. Los juzgados familiares abren a las ocho y, aunque el juez escuete mío tramitar la suspensión y asegurar el predio va a tardar mínimo dos horas. Si todo va bien, la orden estará lista a las diez.

Me quedé fría.

—Citlali dijo que la excavadora llega a las siete —murmuré.

—Justo —contestó Efraín—. Tenemos tres horas muertas. En ese lapso pueden tirar la casa antes de que llegue la tira con la orden. Si echan abajo la parte principal, el daño ya está hecho, aunque después los refundamos en el bote.

Me paré de la silla. Ya no sentía debilidad.

—No lo voy a permitir.

—Fidel, pon atención —dijo Efraín agarrándome las manos—. En cuanto abran, yo vuelo al juzgado. Voy a hacer lo que sea para que salga rápido esa orden, pero tú tienes que hacer tiempo. Detén esa máquina. No sé cómo, pero no dejes que toquen la pared del fondo hasta que yo llegue con la ley.

—Haz en ti —le apreté fuerte las manos a mi viejo amigo—. Tú haz lo tuyo con las leyes, Efraín. Yo haré lo mío con los míos.

Salí de su oficina con el corazón retumbando como tambor de guerra. El cielo apenas clareaba por el oriente. Faltaba poco para que amaneciera. Faltaba poco para la pelea.

Regresé caminando a mi casa, pero ya no era la misma que había salido huyendo una hora antes. Ahora tenía un plan y la ley de mi lado. Solo tenía que resistir. Tenía que dar la actuación de mi vida. Tenía que embaucarlos un rato más. Tenía que ganar tiempo y, por la memoria de Rosendo, juro que ni un ladrillo de esa pared se va al suelo sin mi permiso.