Me lavo la cara. Ya no hay miedo, solo una calma rara, esa que viene antes del trueno. Mañana, cuando amanezca, no seré la víctima de su historia. Seré la autora de su desenlace.
Ya son las cuatro de la madrugada. El viento helado de la noche en Coyoacán se colaba por la rendija de la puerta. Me incorporé del colchón y busqué mi rebozo negro, ese que Rosendo me dio cuando cumplimos treinta años de casados.
Tenía que irme, y tenía que hacerlo en ese instante.
Abrí con suma cautela la puerta de atrás de la cocina. La bisagra vieja y oxidada suele chillar. La empujé y respiré profundo. Olía a libertad, sí, pero también a riesgo. Si Citlali despertaba, si Anselmo bajaba por agua y me sorprendía saliendo, todo se vendría abajo. Me tacharían de loca. Me encerrarían antes de permitirme avanzar un solo paso.
Pero no volteé. Caminé con prisa por las calles de piedra. No iba a la misa de madrugada. Llegué a la casa del licenciado Efraín Ledesma veinte minutos después.
Efraín vive en una casona antigua repleta de libros y memorias, justo como él. Su estudio estaba iluminado. Siempre ha batallado con el insomnio, gracias al cielo.
Toqué el timbre una vez, luego dos. La puerta se abrió. Efraín salió en bata, con los lentes medio torcidos y un libro entre manos. Se quedó mirándome desconcertado.
—Fidelia —dijo, acomodándose las gafas—. ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Pasó algo?
—No es la casa, Efraín. Y es la memoria de Rosendo. Necesito tu apoyo ahora mismo.
Respondí cruzando la entrada sin pedir permiso. Le conté todo: lo que escuché, que una excavadora llegaría a las siete. Le conté cómo mi propio hijo se escondió mientras su mujer tramaba echarme a la calle.
Mientras hablaba, la expresión serena de Efraín cambió. Sus ojos, por lo regular tranquilos, se llenaron de rabia contenida. Apretó los labios hasta dejar de tener color.
—Malnacido —susurró Efraín, dando un golpe suave sobre su escritorio con el puño—. Rosendo no descansaría en paz si supiera esto. Ancelmo rompió el acuerdo.
Efraín se levantó y fue hacia una pared forrada con archiveros de metal. Sus manos, manchadas por los años, se movían con destreza. Rebuscó entre carpetas gastadas por el tiempo.
—Aquí está —dijo al sacar un sobre grueso y cubierto de polvo.
Lo dejó sobre el escritorio y lo abrió. Sacó el documento original que firmamos hace diez años. El papel, algo amarillento, pero las firmas en tinta azul seguían frescas como recién hechas.
—El usufructo condicionado —leyó Efraín, deslizando su dedo por las cláusulas—. Escucha esto, Fidel. Cláusula quinta: revocación inmediata por ingratitud o intento de enajenación sin consentimiento. Hijo, Anselmo firmó esto. Aceptó que, si atentaba contra tu patrimonio o tu bienestar, la donación de la casa se cancelaría de inmediato.