A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

Esta noche, Fidel la sumisa ha muerto. Mañana conocerás a la mujer que levantó esta casa con sus propias manos, junto con tu padre.

Sécate las lágrimas, Fidel. Ha llegado el momento de recordarlo todo.

Cierro los ojos y me aferro a la imagen de Rosendo, el único pilar firme que tuve en esta vida. Me invade aquel recuerdo de hace diez años, esa tarde lluviosa en la que Anselmo se arrodilló suplicando que hipotecáramos la casa para salvarlo de una deuda enorme y no acabar tras las rejas.

Mi corazón de madre quiso firmar, pero Rosendo me detuvo. Él no se dejaba engañar. Ya veía la ambición en los ojos de nuestro hijo y el veneno de Citlali desde entonces.

Al día siguiente, en el despacho del licenciado Efraín, Rosendo impuso una condición.

—Te voy a ayudar, hijo, pero antes firmas esto.

Y Anselmo firmó sin leer, hambriento por el cheque. Pero yo sí escuché. Era un usufructo vitalicio con cláusula de revocación por ingratitud. Eso quería decir que, aunque la casa quedara a nombre de Anselmo para sus negocios, si nos abandonaba o intentaba hacernos daño, la propiedad volvería a mis manos de inmediato.

Rosendo lo sabía. Pero, ay Dios mío, él lo sabía.

Recuerdo que, meses antes de morir, Rosendo me trajo a este cuarto de tiliches donde ahora intento dormir. Colocó su mano curtida sobre la pared del fondo, esa misma que Citlali quiere tirar mañana con la retroexcavadora.

—Vieja, escucha bien lo que te voy a decir —me murmuró—. Esta pared no es solo mezcla y ladrillo. Aquí detrás está tu salvavidas. Si yo falto y si un día nuestro hijo se tuerce y te deja sola, no dejes que nadie toque esta pared. Busca a Efraín. Él guarda la llave de todo.

Por el duelo y el peso de los años, yo había enterrado ese recuerdo. Pensé que ese documento era puro trámite. Creí que Anselmo jamás caería tan bajo. Pero esta noche la vergüenza me devolvió la memoria.