Me di la vuelta y avancé despacio hacia mi cuarto de triques. Ahora soy una madre acorralada, capaz de todo por proteger lo poco que le queda de dignidad.
Volví a mi rincón. Me dejé caer en el colchón viejo. El olor a humedad se me metía hasta los huesos. Antes, este espacio era el tiradero de latas de pintura seca, herramientas oxidadas y costales de cemento sobrantes. Madre, qué ironía. Ahora no soy distinta a esas cosas.
Recuerdo cuando mi hijo me pidió mudarme aquí.
—Madre, solo será por un tiempo —dijo sin mirarme a los ojos—. Citlali quiere pintar la recámara principal. Aquí estarás más tranquila, sin ruido.
Asentí. Pensé que era un sacrificio necesario. Pensé que una madre debe incomodarse para que sus hijos estén bien. Pero el tiempo pasó. Sigo aquí, arrinconada entre cajas de cartón y recuerdos hechos pedazos.
Y no es solo el cuarto. Es todo lo demás. Poco a poco me fueron despojando de todo. Primero el control de la cocina. Después el dinero de mi pensión.
—Madre, ya estás grande para manejar cuentas de banco —me dijo Anselmo un día, mientras me quitaba la tarjeta de débito con una suavidad que me heló—. Deja que Citlali administre el dinero. Ella sabe de finanzas. Tú solo descansa.
La amargura me sube a la garganta al recordar la cena de la semana pasada. Ahí debí abrir los ojos, pero preferí cerrarlos con fuerza para no enfrentar la verdad.
Estábamos sentados a la mesa. Yo había hecho sopa de fideo, la favorita de Anselmo desde niño. Me acerqué a servirle a Citlali. Las manos me temblaban un poco por la artritis. Una gota, apenas una gota de caldo, cayó sobre el mantel.
Citlali se levantó de golpe. La silla raspó el piso con furia. De un manotazo, empujó el plato hondo. La sopa caliente se derramó sobre mis manos y la mesa.
—Eres una inútil —gritó, con el rostro deformado por la rabia—. Mira lo que hiciste. Este mantel es importado.
Me quedé inmóvil. El caldo me quemaba la piel, pero más ardían sus palabras.
—Perdón, hija, se me resbaló —intenté decir mientras buscaba un trapo.
—No me digas hija —me cortó—. Estoy harta de ti, harta de mantenerte. ¿Crees que el dinero nace en los árboles? Eres una carga, Fidel. Solo sirves para estorbar y gastar nuestro dinero.
Me quedé quieta, esperando, esperando la voz de mi hijo. Miré a Anselmo. Estaba sentado en la cabecera, el lugar que antes ocupaba su padre. Vio cómo su mujer me humillaba. Vio cómo la sopa me quemaba las manos. Pero no alzó la mirada. Siguió comiendo.
Su silencio dolió más que cualquier golpe.
En ese momento entendí que ya no tenía hijo. Ese sujeto sentado ahí ya no era mi hijo, sino un cobarde que prefería tragarse su orgullo junto con la sopa antes que alzar la voz ante su mujer.
Yo recogí los platos rotos en silencio y me encerré en este cuarto húmedo, donde lloré hasta que el sueño me venció.
¿Por qué, Anselmo? Te entregué mi alma entera para criarte y ahora me pagas con este silencio miserable. Permites que una extraña me pisotee peor que a un perro.
Miro la quemadura en mi mano. La piel sanará, pero la grieta en tu dignidad, hijo, no tendrá remedio.
Creí que si me hacía a un lado ustedes serían felices, pero entre más se día más me aplastaban. Hoy me pongo de pie. Se acabó mi papel de mártir.
Clavo la vista en esa pared moza del fondo. Tras ese revoque no solo hay ladrillos. Hay una promesa, un secreto que tu padre me confió hace diez años y que, por ingenua, olvidé hasta hoy.
Te olvidaste de quién soy, Anselmo, pero yo no.