A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

El reloj marcaba la una. Toda la casa estaba en completo silencio. Me desperté por la sed. Hoy me levanté despacio del catre, caminé de puntitas procurando no hacer ruido, crucé el patio rumbo a la cocina. Pero, al pasar junto a la sala, me detuve en seco. Una luz tenue se escapaba por debajo de la puerta y se oía una voz emocionada, susurrando, que me puso los pelos de punta.

Reconocí al instante esa voz. Era Citlali. Me pegué a la pared, oculta entre sombras. Contuve la respiración. Ella seguía hablando por teléfono. Su voz cortaba todo:

—Salió como planeado, ya no tienes de qué preocuparte.

Soltó una risa venenosa que me heló la sangre.

—Logré que ese menso firmara los papeles. Todavía cree que es para reforzar los cimientos de la casa.

Sentí el corazón queriéndome salir del pecho. ¿Qué planeaban hacer? ¿Quién firmó? ¿Anselmo? Di un paso más, afiné los oídos para no perder detalle.

—Pon atención —bajó la voz Citlali, aunque la malicia seguía ahí—. Mañana a las siete no quiero que llegues tarde. Mete la retroexcavadora, tumba la sala y la cocina. Derúmbalo todo, que parezca accidente si quieres, pero esa casa tiene que quedar en el suelo.

Me tapé la boca para no gritar. Derrumbar mi casa. Esta casa es lo único que dejó mi esposo.

Quien sea que estuviera del otro lado preguntó algo y ella se rió más fuerte.

—La vieja no… seas cobarde, esa no es problema. Está sorda y ya no razona bien. Además no sabe nada. Mañana temprano la voy a mandar al parque. Le diré que salga por el polvo y, cuando regrese, zas, ya su casita ya será puro escombro. No le quedará más que irse a un asilo del gobierno. Ya encontré uno baratito en las afueras.

Las lágrimas me brotaron calientes, pero no me atreví a limpiarlas. Temía hacer ruido.

—Esa vieja mensa cree que su hijo la va a cuidar hasta que se muera. Qué ternura me da. Mañana, cuando ya esté todo destruido, la voy a obligar a firmar la renuncia. No entiende nada de leyes. Con un par de gritos se asusta y firma lo que sea. Siempre ha sido una cobarde.

Cada palabra de mi nuera me punzaba el alma como agujas. Mensa, sorda, cobarde. Eso soy para ella, después de tantos años lavando su ropa, cocinándole diario.

Pero lo peor no fue eso. Lo peor vino después. Miré hacia el otro lado del pasillo. Caminé rumbo al dormitorio de Anselmo. Él seguía despierto. En ese silencio espeso, Anselmo debía estar oyendo a su esposa. La voz de Citlali se escuchaba nítida. Tenía que oír cómo ella tramaba destrozar la casa de sus padres. Yo tenía que oír cómo planeaba echarme a la calle como a un perro lleno de sarna.

No hubo respuesta. Solo un silencio cómplice, vil y cobarde. En ese instante exacto, algo se quebró dentro de mí.

Citlali continuaba hablando, cada vez más entusiasmada. La llamada terminó. Escuché el roce de sus pantuflas acercándose a la puerta. Cuando oí cerrarse la puerta de su recámara, la casa volvió a quedar muda.

Me recargué en la pared helada del pasillo. Cerré los puños. No lloré. No podía darme ese lujo. Un frío raro me recorrió la espalda.

Creen que no oigo. Creen que soy tonta. Creen que mañana será mi fin. Está bien.