Al decir el nombre de mi hijo, el rostro de Efraín cambió.
—¿Y Anselmo? —preguntó—. ¿Desea que vaya a la delegación a pagarle la fianza?
Respiré profundo. El dolor seguía ahí, pero ya no era herida abierta sino cicatriz.
—No —dije segura—. Déjalo donde está.
Volteé hacia donde se lo llevaron.
—Si lo saco ahora, no entenderá nada. Pensará que el dinero de su madre siempre estará ahí para rescatarlo. Necesita estar solo. Necesita tocar fondo. Necesita entender que sus actos tienen consecuencias. Si algún día sale, y lo hace siendo otro hombre, arrepentido de verdad, entonces hablaremos. Pero hasta ese día, esta casa seguirá cerrada para él.
Me senté en la orilla de una jardinera que quedó intacta. Domitila se sentó junto a mí y me abrazó por los hombros. El sol acariciaba mi rostro.
Cerré los ojos y pensé en todas las madres que me están oyendo.
Sé cómo se sienten. A nosotras nos enseñaron a darlo todo, a quitarnos el pan para dárselo a nuestros hijos. Nos enseñaron que el sacrificio era la forma más pura de amor. Pero fallaron en algo: el sacrificio no debe costarnos la dignidad.
Amar no es permitir que nos humillen.
Durante años pensé que querer a Anselmo era quedarme callada, aguantar sus desplantes. Creí que si le daba todo, él aprendería a amarme. Pero lo único que hice fue formar a un hombre egoísta que nunca valoró nada porque nunca tuvo que esforzarse por conseguirlo.
Hoy tenemos que amarnos a nosotras primero. Proteger nuestro hogar, nuestro dinero, nuestro corazón. Porque, si no lo hacemos nosotras, ¿quién lo hará?
No somos muebles viejos. Somos el pilar que sostiene a la familia. Y cuando ese pilar se fractura, todo se viene abajo.
Hoy mi hogar está hecho trizas, sí, pero mi fortaleza nunca había estado tan firme. La justicia del cielo existe, sí. A veces se hace esperar. A veces llega montada en una retroexcavadora amarilla a las siete en punto. Pero siempre llega. El karma jamás se olvida de una dirección.
Abrí los ojos. El cielo mexicano nunca se había visto tan despejado.
Me puse de pie. Me quité el polvo de la falda.