parte 2
La llamada se cortó.
Aitana quedó inmóvil, con el teléfono temblando en la mano. Mauro. El que la llevaba en bicicleta a la secundaria. El que nunca dejaba que cargara cosas pesadas porque decía que había nacido para cuidarla. El único al que Rodrigo había logrado apartar de su vida con mentiras y amenazas veladas.
—¿Qué pasó? —preguntó Emiliano, leyendo su cara antes de oír la respuesta.
Aitana levantó la vista.
—Tienen a Mauro.
Damián soltó una maldición.
—Es una trampa para sacarte.
—Lo sé.
Emiliano ya estaba dando órdenes, pero Aitana lo detuvo con una firmeza que ni ella misma reconoció.
—No voy a quedarme escondida mientras lo matan.
—Tú no estás en condiciones.
—Él se metió conmigo porque sabía que yo tenía miedo. Ya no. —Respiró con dolor, pero no apartó los ojos—. Yo también sé cosas. Yo vi documentos, correos, claves. Si esto termina hoy, termina conmigo ahí.
Emiliano la miró largo rato. Había algo nuevo en esa mujer herida: no solo miedo, sino decisión.
—Si vas —dijo al fin—, obedeces cada palabra que te diga.
Aitana asintió.
Afuera ya había caído la noche. La lluvia había parado, pero la ciudad seguía oliendo a concreto mojado y peligro.
Y cuando la camioneta salió rumbo a Vallejo, Aitana entendió que, pasara lo que pasara, ya no había vuelta atrás.
Ahora sí, alguien iba a pagar por todo.
El almacén nueve estaba al fondo de una zona industrial medio abandonada, entre contenedores, grúas y calles encharcadas. Las luces altas parpadeaban sobre montañas de metal, y el aire olía a diésel, óxido y amenaza. Aitana bajó de la camioneta apretándose el costado. Le dolía respirar, le dolía caminar, le dolía recordar, pero siguió adelante.
Emiliano iba a su lado. Damián y otros hombres se habían desplegado por distintos flancos, invisibles entre sombras, techos y unidades estacionadas.
En la entrada del almacén la esperaba Rodrigo.
Ya no parecía el abogado perfecto de las revistas. Tenía la camisa abierta, la mirada descompuesta y el encanto convertido en veneno.
—Mírate nada más —dijo con una sonrisa torcida—. Tanto lujo, tanta educación, y terminaste trayéndome a un delincuente.
—¿Dónde está Mauro? —preguntó Aitana.
Rodrigo hizo una seña.
Dentro del almacén, atado a una silla, con el pómulo abierto pero consciente, estaba Mauro.
—Tana… —alcanzó a decir—. No firmes nada.
Rodrigo aplaudió despacio.
—Qué escena tan conmovedora. Solo necesito una firma más y todos se van vivos.
Aitana sintió rabia, asco, años enteros comprimidos en un segundo.
—Mientes. En cuanto firme, nos matas.
Rodrigo se acercó, seguro de sí mismo, de esa forma que tenía de invadir espacio para hacer temblar.
—Siempre fuiste lenta para entender. Yo te hice. Yo te saqué del barrio. Sin mí seguirías contando monedas.
Antes de que pudiera tocarla, una voz salió de la penumbra.
—Ella ya entendió algo. Que tú no mandas más.
Las luces laterales se encendieron de golpe.
Emiliano apareció con el arma en la mano. Damián y varios hombres surgieron desde los contenedores, los techos y la oscuridad. Rodrigo giró demasiado tarde. Pero no estaba solo. Del fondo del almacén salieron sus verdaderos socios: hombres armados, nerviosos, listos para eliminar cabos sueltos.