VOY A LAVAR LOS PIES DE TU HIJA Y ELLA VOLVERÁ A CAMINAR… Y EL RICO SE RIO PERO SE QUEDÓ HELADO…

Pero, Señor, no hay peros, hijo. Ahora eres parte de esta familia. En los momentos difíciles nos mantenemos unidos, no huimos. A la mañana siguiente fue Ana Sofía quien convenció a su madre de dejar que los tratamientos continuaran. Mamá, no me lastimé porque Mateo hizo algo mal. Me lastimé porque fui tonta e intenté levantarme sola. Pero, ¿sabes por qué lo intenté? Porque sentí que podía. Hace meses que no sentía eso, mamá. Mónica abrazó a su hija, aún preocupada, pero empezando a entender.

¿Estás segura de que quieres continuar? Sí, mamá. Y quiero que Mateo siga siendo mi hermano también. Él me cuida mejor que cualquier doctor. Los tratamientos se reanudaron, pero ahora con aún más cuidado y supervisión. La doctora Elena estaba presente en todas las sesiones monitoreando cada progreso y ajustando las técnicas cuando era necesario. Mateo le dijo una tarde. Quería disculparme por la forma en que te recibí al principio. Me equivoqué al juzgar tus métodos sin conocerlos. Ni lo piense, doctora.

Usted solo estaba protegiendo a la princesa. Lo entiendo. Pero ahora veo que tienes un don real. Y lo más importante, tienes amor. Eso marca toda la diferencia en el tratamiento. Mi abuela siempre decía eso, que el amor curaba más que cualquier medicina. Querido oyente, si te está gustando la historia, aprovecha para dejar tu like y, sobre todo, suscribirte al canal. Eso nos ayuda mucho a los que estamos comenzando. Ahora continuando. El verano llegó y con él vino una sorpresa que nadie esperaba.

Ana Sofía había mejorado tanto que la doctora Elena Orozco sugirió que intentara usar un andador durante las sesiones de fisioterapia. “Un andador”, preguntó Mónica ansiosa. “Sí, los músculos de sus piernas están respondiendo muy bien a los estímulos. Creo que llegó el momento de intentar ejercicios de soporte de peso.” Mateo se puso radiante con la noticia. “¿Escuchaste eso, princesa? Vas a poder ponerte de pie. Pero, ¿y si no puedo? Ana Sofía mostró un poco de miedo. Claro que puedes, hermanita.

Yo sé que puedes. La primera prueba con el andador ocurrió una mañana de diciembre. Toda la familia estaba reunida en la habitación de Ana Sofía junto con la doctora Elena Orosco y dos enfermeras. Mateo había preparado una sesión extracial de masaje antes del intento usando una receta que su abuela reservaba para los momentos más importantes. Lista, princesa. Ana Sofía asintió que sí, pero todos podían ver la ansiedad en sus ojos. Con mucho cuidado, Alejandro y Mateo ayudaron a la niña a salir de la silla de ruedas y a colocarse detrás del andador.

Sus piernas temblaban con el esfuerzo, pero permanecían firmes. Vaya, estoy de pie. Estoy realmente de pie. Lágrimas de alegría rodaron por el rostro de todos los presentes. Ahora intenta dar un pasito muy despacio indicó la doctora Elena Orosco. Ana Sofía se concentró intensamente, puso un pie al frente y logró dar un paso pequeño pero firme. “Lo logré, caminé”, gritó la niña eufórica. La habitación se llenó de aplausos y lágrimas de felicidad. Mateo abrazó a Ana Sofía sin soltar el andador.