Luego tensar la mandíbula.
Luego mirar a Mónica no con miedo, sino con cansancio.
Ella, como siempre, no entendió a tiempo. Lo sacudió del brazo.
—¡Haz algo! ¡Defiéndeme! ¡Soy tu esposa!
Él no respondió.
Entonces empezó a insultarlo, como seguramente llevaba años haciéndolo.
—Cobarde. Inútil. Bueno para nada. Ni para hombre sirves.
Yo no me moví.
Mi padre cerró los ojos.
Mi madre juntó las manos en el regazo.
Y de pronto Federico atrapó las muñecas de Mónica.
—Basta —dijo.
Fue un “basta” bajo, pero lleno de algo nuevo.
Ella quiso soltarse.
—¡Suéltame!
—Dije basta —repitió, esta vez más fuerte.
Toda la sala volvió a quedarse quieta.
No era un milagro. Era peor. Era un hombre que por fin se estaba viendo a sí mismo.
—Tienes razón —le dijo a Mónica, con la voz temblándole de rabia—. Soy cobarde. Pero no por lo que dices. Soy cobarde porque dejé que humillaras a mis padres. Porque te di todo y tú lo usaste para pudrir esta casa. Porque cada vez que gritaste, yo me escondí. Porque tuve más miedo de perderte a ti que vergüenza de fallarles a ellos.
Mónica se quedó helada.
Yo misma sentí que algo en el pecho se me apretaba.
Federico volteó hacia mi madre.
—Mira las manos de mamá —le gritó a Mónica—. ¡Míralas! Ésas son las manos que me dieron de comer. ¿Dónde dejaste el corazón para verlas así y todavía pedir más?
Mónica quiso responder, pero él no la dejó.
—Y tú, doña Estela, deje de meterse. Usted y su hija son parásitas. Se comieron la paz de esta casa.
Luego, ante todos, Federico se arrodilló frente a mis padres.
Lloró.
Lloró como no lo había visto llorar desde niño.
—Perdónenme —dijo—. Perdónenme por no haber sido hijo. Perdónenme por haber permitido esto. Perdóname, papá. Perdóname, mamá.
Mi padre, que aun así seguía siendo padre, lo abrazó.
Mi madre le tocó el cabello.
Y a mí se me llenaron los ojos. No por blandura. Por alivio. Porque el dinero podía recuperarse en parte. La dignidad, a veces también. Pero yo necesitaba que mi hermano regresara del lugar miserable donde llevaba años escondido.
Entonces vino la frase final.
La que nadie esperaba.
Federico se levantó, se secó las lágrimas y miró a Mónica como quien por fin reconoce el rostro del desastre.
—Nos divorciamos.
La palabra cayó como machete.
Mónica gritó.
Doña Estela casi se desarma.
—¡No puedes! —lloró Mónica—. ¿Quién te va a cuidar? ¿Quién te va a hacer de comer?
—Puedo cocinar solo —dijo él—. Lo que no puedo seguir haciendo es vivir sin alma.
Yo avancé un paso.
—Ya oyeron. Así que quedan ustedes dos. Diez minutos para sacar ropa personal. Lo demás se queda como embargo. Si intentan llevarse algo más, llamo a la policía y no vuelven a ver la calle en mucho tiempo.
Los oficiales, que ya estaban avisados y cerca, entraron poco después para supervisar. No quise dejar ningún hueco.