Una mujer que lucha contra la infertilidad responde a un anuncio de una viuda que busca ayuda para criar a seis hijos. Lo que sucede a continuación te partirá el corazón.

Y Gabriel empezó a quedarse un poco más en la mesa después de cenar.

Una noche, cuando los niños dormían, Sara lo encontró sentado en el corredor, mirando la oscuridad del campo.

—No tiene que esconderse cada noche —dijo él sin voltear.

Ella se sentó a su lado, dejando una distancia prudente.

—No quería estorbar.

—Ya no estorba.

El viento nocturno olía a tierra fría.

—Los niños están mejor —añadió él—. Emilia también. Usted estaba en lo cierto.

Sara dudó un momento antes de preguntar:

—¿Y eso basta?

Gabriel se quedó callado.

—No lo sé todavía. Pero es más de lo que tenía antes.

Ese “todavía” se le quedó latiendo a Sara por días.

El verdadero giro llegó en octubre.

La primera helada pintó de blanco la hierba del amanecer, y Samuel empezó con tos. Al principio no parecía grave. Pero al tercer día la fiebre lo quemaba vivo. Emilia palideció al verlo, recordando demasiado bien la enfermedad que se llevó a su madre.

Gabriel montó de inmediato para buscar al médico. El pueblo quedaba lejos y el cielo empezaba a cerrarse con nubes oscuras. Sara se quedó con el niño, refrescándole la frente con paños húmedos y cantándole coplas antiguas que su propia madre le había cantado cuando era niña.

Los otros cinco permanecían en la puerta, inmóviles, con el miedo en los ojos.

—Va a ponerse bien —les dijo, aunque el terror también le arañaba la garganta.

Pero cayó la noche, luego otra, y el médico no llegaba.

Una tormenta feroz se desató sobre el valle. El viento azotó ventanas y arrancó parte de las láminas del cobertizo. A medianoche, Lucía entró corriendo, empapada y sin aliento.

—¡Hay fuego en el granero!

Un rayo había prendido una esquina del techo.

Todo ocurrió a la vez. Diego y Tomás gritaban. Las gallinas corrían enloquecidas. Emilia quiso salir, pero Sara la detuvo.

—Tú te quedas con Samuel y las niñas.

—¡Pero papá no está!

—Precisamente por eso.

Sara corrió bajo la lluvia hacia el granero. Las llamas apenas comenzaban, lamiendo la madera seca. Tomó cubetas, jaló una manta, golpeó el fuego con una rabia nacida del miedo. Los brazos le ardían. El humo le cerraba los ojos.

Entonces escuchó un relincho desesperado.

Había un potro atrapado adentro.