—¿Eso es bueno, mami?
Valeria cayó de rodillas y abrazó a su hija.
—Es muy bueno, mi amor.
Alejandro observó la escena con serenidad.
—Mi madre quiere conocerla cuando esté mejor. Insiste en que usted es un ángel que apareció en su momento más vulnerable.
Valeria, aún llorando, logró sonreír.
—Solo hice lo que cualquier enfermera haría.
Alejandro negó suavemente.
—No. Hizo lo que una buena persona hace.
Antes de irse, dejó una tarjeta.
—Empieza el lunes. Y no vuelva a dudar que hacer lo correcto siempre vale la pena.
Cuando la puerta se cerró, el pequeño departamento parecía más luminoso.
Sofía abrazó a su madre.
—¿Ya no vamos a contar monedas para el súper?
Valeria rió entre lágrimas.
—No, mi amor.
Esa mañana, por primera vez en años, Valeria sintió algo diferente al cansancio.
Esperanza.
Porque a veces, perder algo te lleva exactamente a donde tenías que estar.
Y a veces, el destino toca la puerta… cuando haces lo correcto sin esperar nada a cambio.