Una joven escapó a las montañas para vivir con un viudo y evitar ser entregada a un prestamista cruel, pero su primera semana hizo que todo el valle hablara de ella.

Parte 2…

 

El muchacho obedeció sin discutir, por primera vez.

Emilia entró tambaleándose a la casa. Durante dos horas actuó sin pensar: desnudó al niño, calentó agua, le frotó brazos y piernas, cambió paños, lo sostuvo pegado al fogón hasta que el azul de sus labios empezó a irse. Cuando el sol desapareció, Tomás dormía bajo un montón de cobijas, respirando parejo.

Emilia cayó rendida en la mecedora.

Matías estaba sentado frente a ella, con las rodillas contra el pecho. La miraba como si ya no entendiera quién era.

Una hora después, la puerta se abrió de golpe. Julián entró cubierto de aserrín y nieve, y se quedó petrificado al ver el caos: ropa mojada por el suelo, la olla olvidada, Emilia envuelta en una camisa enorme de hombre y Tomás enterrado entre pieles.

—¿Qué pasó? —tronó.

Dio un paso con una furia tan repentina que Emilia sintió el golpe antes de oírlo.

Pero Matías se plantó delante de ella.

—No le hizo nada, pa. Tomás se fue al arroyo. Ya se lo llevaba el agua. Ella se metió y lo sacó.

Julián se quedó inmóvil.

Los troncos que cargaba cayeron al suelo con estrépito. Sus ojos bajaron del pelo empapado de Emilia a sus pies amoratados.

—¿Se metió al arroyo? —dijo en voz baja, casi incrédula—. ¿Con este frío?

Emilia tembló al ajustar la camisa alrededor del cuerpo.

—Es mi responsabilidad proteger lo que es mío.

La frase lo desarmó.

Al día siguiente, Julián bajó al pueblo por harina. Emilia esperaba que regresara con silencio, como siempre. En cambio, al entrar a la tienda del pueblo, pidió:

—Cincuenta libras de harina. Un frasco de dulces de menta. Y tres varas de percal azul.

La tendera, que estaba lista para burlarse de la “señorita de ciudad”, se quedó muda.

—¿El percal azul… para quién?

Julián la miró como se mira a un cuchillo.

—Para mi esposa. Arruinó su vestido salvando a mi hijo.

El rumor corrió más rápido que el viento. Para el domingo, medio valle ya sabía que la mujer de Puebla no solo seguía en la sierra: se había metido al arroyo helado y había obligado al mismísimo Julián Fierro a pronunciar la palabra “esposa” con orgullo.

Pero la montaña no concede paz tan fácilmente.

Tres días después, mientras Emilia todavía arrastraba una tos profunda por el agua helada, llegaron a caballo tres hombres. No eran del pueblo. Vestían bien, demasiado bien para aquel camino, y llevaban la arrogancia de quienes están acostumbrados a quedarse con lo ajeno.

El del centro era Lisandro Barragán, un especulador de tierras que llevaba años comprando ranchos arruinados por deudas.

Emilia salió al portal y se puso delante de Jacinta y Tomás.

—¿Qué busca?

Barragán sonrió sin alegría.

—A su marido. Tiene tres días para cederme los derechos del agua del arroyo. Si no, reclamaré la propiedad por impuestos atrasados. Sin agua, esa cumbre no vale nada.

—Esta tierra no está en venta.

—Eso no lo decide usted, señora. Dígale a Julián Fierro que el juez y el comisario están de mi lado. El viernes subimos con papeles… o con hombres.

Cuando se fueron, Emilia se quedó helada. Esa noche, al volver Julián, le repitió cada palabra.

La reacción fue aterradora. Julián clavó el cuchillo en el tronco de cortar leña y empezó a caminar como fiera enjaulada.

—Ese maldito lleva dos años queriendo sacarme de aquí. Yo pagué esos impuestos en Chihuahua la primavera pasada. Compró al escribano, eso hizo. Voy a bajar esta noche y lo voy a…

Emilia lo agarró del brazo.

—No.

Él se volvió con los ojos encendidos.

—¿Y qué propone? ¿Esperar a que nos dejen sin agua?

—Propongo pensar. Hombres como Barragán quieren que usted dispare primero. Así se quedan con todo y además lo entierran.

Julián apretó la mandíbula.

—El papel no detiene balas.

—Pero sí puede detener ladrones con corbata.

A la mañana siguiente bajaron juntos al pueblo. Emilia llevaba el vestido nuevo de percal azul y una cartera de cuero que había traído desde Puebla. Dentro guardaba papeles viejos de su padre, que fue abogado, y algo más: unas letras de cambio y notas firmadas por su tío Teodoro, escondidas en el forro de la cartera desde el día que huyó de casa. Durante semanas no había entendido su valor. En la sierra, al revisar las pertenencias con calma, descubrió que probaban cómo su tío había falsificado deudas para robar la herencia familiar. Y entre esas notas aparecía un nombre repetido varias veces: Lisandro Barragán.

Los dos hombres hacían negocios juntos.

En la oficina del registro estaban el escribano, Barragán y uno de sus hombres. Julián entró primero, enorme, cerrando la salida con el cuerpo. Emilia pasó delante de él y puso la cartera sobre el escritorio.