Parte 2: Dentro del vehículo, la cámara seguía grabando. La pistola. La distancia. La rabia en el rostro de Quill. La amenaza de fuerza letal contra una mujer desarmada que acababa de identificarse como agente federal.
—Mire el parabrisas —dijo Delaney, con una calma que empezaba a desesperarlo—. Mire la cámara.
Quill apenas la vio y sonrió con desprecio.
—Mi palabra contra la tuya. Y mi cámara, casualmente, hoy no funciona.
Dio un paso al frente, empujando el cañón casi hasta su cara.
Cualquier otra persona habría caído al suelo llorando.
Cualquier otra.
Pero Delaney solo lo miró fijo, con una serenidad que no parecía humana.
Y entonces sonrió.
No era una sonrisa de miedo.
Era la sonrisa de una trampa cerrándose.
Eso fue lo que realmente descolocó a Quill.
—Voy a contar hasta tres —gritó él, sudando.
—Oficial Quill —dijo Delaney, cortando el aire con cada palabra—. Mi número de placa es 894 Alpha Kilo. Soy la investigadora principal de una fuerza de tarea del Departamento de Justicia sobre corrupción policial en el sur del distrito.
—¡Dos!
—En este momento, una baliza silenciosa de auxilio en mi vehículo está transmitiendo mi ubicación exacta a mi equipo.
—¡Tres!
Quill se lanzó hacia ella con la pistola, no para disparar todavía, sino para golpearla y someterla.
Pero Delaney no se movió como una civil.
Se agachó, desvió la muñeca armada y le clavó un golpe seco en el plexo solar.
El aire salió del cuerpo de Quill en un jadeo brutal. Tropezó sobre la grava, humillado, furioso, con el arma aún en la mano y la mirada ya convertida en odio puro.
—¡Te voy a matar! —gritó.
Y justo cuando volvió a apuntarle, el mundo explotó a su alrededor.
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