Pensé que lo más difícil ya había pasado: criar a un hijo que no había planeado, aprender a ser padre de la noche a la mañana, construir una vida con nada más que una nota y un nombre. Pero 15 años después, cuando volví a abrir esa puerta, me di cuenta de que la verdadera lucha no había hecho más que empezar.
Daniel no era el tipo de hombre que guarda recuerdos del trabajo. Había visto lo suficiente en diez años en el cuerpo como para saber que algunos recuerdos era mejor dejarlos en la comisaría. Pero aquella noche todo cambió.
Eran poco más de las dos de la madrugada de una amarga noche de enero.
El aire del exterior podía cortar la piel, y el silencio era de los que te hacen sentir la última persona de la Tierra.
Daniel acababa de llegar a casa tras un doble turno que incluía dos llamadas domésticas, un coche robado y una sobredosis adolescente que se le pegó más de lo que le gustaba. Le dolían los músculos y aún le hormigueaban las manos por el frío. Lo único que deseaba era una ducha caliente y el silencioso zumbido de su vieja calefacción.
En lugar de eso, oyó un golpe.