Un granjero sordo se casa con una chica obesa por una apuesta; lo que ella le sacó del oído a su esposo dejó a todos atónitos.

—Entonces yo valía una deuda para mi padre… y una apuesta para mi hermano.

Elías levantó la mirada.

—No para mí.

Ella lo miró en silencio.

—¿Entonces por qué aceptaste?

Él tardó tanto en responder que Clara pensó que no lo haría.

—Porque estaba cansado de estar solo. Y porque pensé que una mujer obligada a venir conmigo no esperaría demasiado de mí.

Esas palabras la atravesaron.

Dos personas vendidas por el mismo mundo, pensó Clara. Él, por ser distinto. Ella, por ser mujer.

Aquella noche, no hablaron más. Solo se sentaron juntos junto al fuego, hombro con hombro, sabiendo que por fin se estaban viendo de verdad.

El conflicto llegó con la primavera.

Tomás apareció en el rancho con dos hombres y una sonrisa sucia. Quería dinero. Decía que Clara, como hija de Julián Valdés, tenía derecho a reclamar una vieja parcela de la familia, y que él podía “arreglar” el asunto si ella volvía al pueblo a firmar unos papeles.

Clara comprendió enseguida la trampa. No venía por arrepentimiento. Venía por interés.

—No voy a volver —dijo, firme.

Tomás soltó una carcajada.

—No te estoy preguntando.

Elías dio un paso al frente.

—Sí, la estás preguntando. Y ella ya respondió.

Tomás lo miró con desprecio.

—Mira nada más. El sordo ya habla.

Elías no se movió.