Parte 2…

Un ciempiés largo, oscuro, cubierto de sangre.
Cayó en un frasco de cristal con alcohol. Clara lo miró horrorizada. Elías, en cambio, la miró a ella… y entonces se rompió.
Por primera vez desde que lo conocía, lloró.
No con lágrimas discretas, sino con sollozos hondos, desgarrados, de hombre que acababa de recuperar de golpe veinticinco años de verdad. Se tapó el rostro con las manos, encorvado por un dolor antiguo que ya no era físico, sino del alma.
Clara lo abrazó sin pensarlo.
Y él no se apartó.
A la mañana siguiente, Elías salió de la habitación con los ojos más claros que nunca. Señaló el frasco sobre la mesa y escribió:
“Era real.”
Clara asintió.
“Sí.”
Él apretó la mandíbula, tomó el lápiz y escribió con rabia:
“Todos dijeron que imaginaba el dolor. Que estaba roto.”
Clara sintió que algo ardía dentro de ella.
—No estabas roto —dijo, aunque él no pudiera oírla aún—. Estabas sufriendo. No es lo mismo.
Lo atendió durante días. Limpió la herida, cambió vendajes, preparó remedios con miel y hierbas. Y mientras el oído cicatrizaba, algo empezó a cambiar en él. Primero pudo distinguir vibraciones. Luego algunos sonidos. Después, una tarde en la cocina, Clara dejó caer una cuchara y Elías levantó la cabeza bruscamente.
La había oído.